Encontré este poema, “Esperanza”, entre las cosas
de mi padre después de que falleció. Al leerlo, sentí que estaba compartiendo
un pedazo muy íntimo de su mundo interior.
Aunque su título nos invita a pensar en luz y confianza,
el poema es un grito contra el sufrimiento y la injusticia. Desde el principio,
mi padre nos muestra un mundo que, lejos de ser acogedor, hiere y destruye:
explosiones, cuerpos mutilados, niños que sufren… un mundo que traiciona la
esperanza.
Lo que más me impacta es cómo refleja la lucha entre la
inocencia perdida y la resignación ante el dolor. Al principio, hay un lamento
a Dios; después, la aceptación de la crueldad del mundo y, finalmente, una
especie de desafío silencioso: mirar todo desde la distancia y sonreír con
desdén frente a la injusticia.
Para mí, este poema no solo denuncia la dureza de la
vida, sino que también me conecta con mi padre, con su sensibilidad y su forma
de ver el mundo.
ESPERANZA
¡Bienvenido, pequeño mortal!
¡Bienvenido a este mundo bello!
Eso me dijiste al llegar:
“Nadie te hará daño”.
Pero cuando abrí los ojos,
sin saber de tu engaño,
apenas nacer, me eché a llorar.
Me trajiste a ti junto a la
muerte,
a mi lado las explosiones sonaban,
cuerpos cosidos por la metralla
entre las ruinas sin vida caían.
Niños mutilados para siempre…
y tú me das, mundo, la bienvenida.
Si he de sufrir lo mismo que
ellos,
¿para qué quiero yo la vida?
Nunca olvidaré aquel momento
en que, rabioso y con desesperación,
a Dios elevé mi lamento,
pidiendo para ti, mundo, el perdón.
Pero al pasar el tiempo
lento,
viendo que remedio Dios no ponía
y que los niños de hambre morían,
me tragué toda mi agonía…
y para ti fue mi maldición.
Ahora quiero, mundo, decirte
que ya tu burla no me importa.
Acostumbrado a los dolores,
lágrimas y penas,
pronto será mi última cena
en este reino de sinsabores.
Cuando tu infame aire deje
y mi cuerpo en la tumba esté,
mi alma, en el espacio,
mirará hacia abajo…
y sonreirá con desdén.
Juan
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