miércoles, 25 de marzo de 2026

 


Encontré este poema, “Esperanza”, entre las cosas de mi padre después de que falleció. Al leerlo, sentí que estaba compartiendo un pedazo muy íntimo de su mundo interior.

Aunque su título nos invita a pensar en luz y confianza, el poema es un grito contra el sufrimiento y la injusticia. Desde el principio, mi padre nos muestra un mundo que, lejos de ser acogedor, hiere y destruye: explosiones, cuerpos mutilados, niños que sufren… un mundo que traiciona la esperanza.

Lo que más me impacta es cómo refleja la lucha entre la inocencia perdida y la resignación ante el dolor. Al principio, hay un lamento a Dios; después, la aceptación de la crueldad del mundo y, finalmente, una especie de desafío silencioso: mirar todo desde la distancia y sonreír con desdén frente a la injusticia.

Para mí, este poema no solo denuncia la dureza de la vida, sino que también me conecta con mi padre, con su sensibilidad y su forma de ver el mundo.


ESPERANZA

¡Bienvenido, pequeño mortal!
¡Bienvenido a este mundo bello!
Eso me dijiste al llegar:
“Nadie te hará daño”.

Pero cuando abrí los ojos,
sin saber de tu engaño,
apenas nacer, me eché a llorar.

Me trajiste a ti junto a la muerte,
a mi lado las explosiones sonaban,
cuerpos cosidos por la metralla
entre las ruinas sin vida caían.

Niños mutilados para siempre…
y tú me das, mundo, la bienvenida.

Si he de sufrir lo mismo que ellos,
¿para qué quiero yo la vida?

Nunca olvidaré aquel momento
en que, rabioso y con desesperación,
a Dios elevé mi lamento,
pidiendo para ti, mundo, el perdón.

Pero al pasar el tiempo lento,
viendo que remedio Dios no ponía
y que los niños de hambre morían,
me tragué toda mi agonía…
y para ti fue mi maldición.

Ahora quiero, mundo, decirte
que ya tu burla no me importa.
Acostumbrado a los dolores,
lágrimas y penas,

pronto será mi última cena
en este reino de sinsabores.

Cuando tu infame aire deje
y mi cuerpo en la tumba esté,
mi alma, en el espacio,
mirará hacia abajo…
y sonreirá con desdén.

Juan


miércoles, 18 de marzo de 2026

 



Hoy comparto otro poema de mi padre.
Lo escribió y lo encontramos entre sus cosas, guardado en silencio, como tantas veces ocurre con los pensamientos más íntimos.

No sé exactamente cuándo lo escribió ni si alguna vez pensó en mostrarlo, pero al leerlo siento que en estas palabras sigue hablando con nosotros. Es una pequeña ventana a su manera de sentir, de mirar la vida y de expresarse.

Por eso hoy lo presento con cariño y con respeto, como un recuerdo suyo y como una forma de mantener viva su voz.

Este es un poema de mi padre.


LA MUERTE

Acabas de nacer y a tu lado
yo estaba;
no te llevé conmigo porque
con fuerza me rechazabas.

Seguía a tu lado cuando
las primeras palabras decías,
ocultándote mi rostro
de cuencas vacías.

Fuiste adolescente y mi mano
te tendía con tensión;
me despreciabas con firmeza
y aumentaba mi desesperación.

Cuando fuiste hombre,
más cerca estaba;
de noche dormías tranquilo,
sentada en tu lecho velaba.

No sé tu nombre, nada importa,
me odias, no me deseas,
pero nos unen apretados lazos.
Cuando las fuerzas te fallen
y estés desesperado,
tu novia eterna tenderá sus brazos.

Ves pensando en el mañana,
la hora sin remedio va llegando;
toda fuerza y vitalidad
de tu cuerpo va escapando.

Hoy agonizas en tu lecho,
mis ansias terminaron;
siento que me llamas, ya me perteneces,
tus días terminaron.
Ven a mí, con ansia te espero;
deposita un beso en mi frente
y fúndete en mis brazos:
¡los brazos de la muerte!

Juan

lunes, 16 de marzo de 2026


Hoy quiero compartir algo muy especial para mí.

Este poema fue escrito por mi padre. Hoy ya no está físicamente con nosotros, pero sus pensamientos siguen vivos, llenos de sentimiento, de reflexión. En sus versos habla del camino de la vida, de las luchas, del cansancio del alma y del descanso que finalmente llega.

Mi padre fue un peregrino de la vida, como en su propio poema: alguien que caminó, que luchó, que soñó y que, como todos nosotros, dejó huellas en quienes tuvimos la suerte de conocerlo.

Leer hoy su poema es también una manera de recordarlo, de sentirlo cerca y de rendirle un pequeño homenaje desde el cariño, el respeto y la gratitud.

Papá, tus palabras siguen hablándonos.Con todo mi cariño, quiero compartir el poema que escribiste: “Cementerio”.


CEMENTERIO

Peregrino de mis caminos,
¡ven!, ven… descansa…
en mi casa hay asilo
para la fatiga de tu alma.

¡Cuántas sendas has recorrido!,
¡cuántas ilusiones atrás
dejadas…!

Pero al final del camino,
¿qué has conseguido?
¡Nada!

Naciste, padeciste…
luchaste, tuviste vida agitada,
hambre, miseria…
nadie te dio nada.

Se apagaron las velas de tu vida,
y ahora, rígido, inmóvil…
vienes a refugiarte
en mi casa blanca.

¡Mira qué paz!, ¡qué quietud!,
¡qué claridad en el alba!
¡Ven!, ¡ven sin temor!
no temas a nadie
ni a nada.

Descansa en paz, peregrino,
regocija tu alma,
porque de esta tierra impura
no necesitarás más nada.

Tus huesos se pudrirán,
tu persona será olvidada.
¡Pero ríe!, ¡ríe, peregrino!,
que, si Dios así lo dispone,
pronto estarás
en su gran morada.

Juan